De forma asfixiante, la publicidad de las marcas ha invadido
todos los espacios públicos e identidades privadas
en cada ámbito de la vida diaria, ya sea como vallas
publicitarias, spots televisivos, promociones radiales, afiches,
patrocinios a equipos de fútbol, etc. El espacio íntimo
de las personas ha dejado de existir; ellas están en
las calles, micros, en las universidades, en las oficinas
y en los baños; son el Hermano Mayor que te vigila
y te dice lo que debes usar y no usar, como vivir y como no,
una plaga que infesta de falsas promesas a incautos consumidores
sin capacidad de reacción. Muchas dicen defender causas
nobles e inician “desinteresadas” campañas
antirracistas o altruistas que, además de hacerte “cool”,
te ayudan a sentirte “comprometido”, pero al mismo
tiempo despiden a miles de personas en sus empresas de todo
el mundo y esclavizan a sus empleados por míseros salarios
–léase Benetton, Coca Cola, Nike, Tim, Nestlé,
Telefónica o nuestra conocida Backus con su ya olvidada
“campaña de valores”.
La publicidad de marcas ha aumentado abrumadoramente y su
poder también. Su “filosofía” ha
trascendido a tal punto que ahora las marcas parecieran tener
vida y personalidad propia: una marca puede ser tu compañera
ideal, puede ser sensible, elegante, informal, exitosa, puede
ser “lo que tú quieres ser”; su
parafernalia no tiene límites con tal que la adquieras.
Phil Knight, fundador de Nike, afirma que hoy el
trabajo ya no consiste solo en vender productos como se hacía
antiguamente, sino en vender marcas: ideas – fuerza
socialmente correctas, y funcionales al sistema imperante
(aun cuando las personas no las necesiten ni las quieran mas
que a partir del momento en que se trasforman en usuarias-consumidoras).
¡Vaya farsante! En realidad-y lejos de todo este brillo-la
“producción” de supermarcas se ha convertido
en una actividad "fastidiosa" y marginal”
que implica gobernar fábricas y responsabilizarse de
la suerte de decenas de miles de empleados fijos y a tiempo
completo, y esa ya no es “la ruta del éxito”,sino
el infierno. Pero como”la imagen lo es todo y el trabajador
no es nada", IBM ya no vende computadoras sino soluciones
para un pequeño planeta (que esta enfermo),
Polaroid no es un a cámara de fotos sino un lubricante
social (para las arrugas del mendigo) y Coca Cola no
es una bebida gaseosa sino el sabor de vivir (para
el que esta muerto).Todo adquiere, en el leguaje publicitario
de las supermarcas, un significado arbitrario y manipulado:
estilos de vida, actitudes, valores, look.
Al dejar la producción de lado en esta aldea global,
las Multinacionales y sus marcas lejos de nivelar su juego
con mejores empleos y tecnología para todo el mundo,
como afirma su falsa propaganda, carcomen la vida y la economía
de los países más pobres y atrasados del mundo
con el único propósito de acumular beneficios
inimaginables. Prueba de ello son los infames talleres de
Nike en Vietnam, el trabajo esclavizado que realizan
miles de niños en Sumatra para hacer la ropa de la
Barbie, los arrabales de Yakarta y Manila y sus fábricas
de IBM, o la “aldea global” de Bill Gates, que
amasa una fortuna de 55,000.000 millones de dólares
mientras la tercera parte de sus empleados están clasificados
como temporales. Requerir la menor cantidad de insumos,
tener la lista mas pequeña de empleados (mientras mas
baratos “mejor”) y producir las imágenes
mas potentes se ha convertido, gracias al libre-comercio de
esta aldea, en la fórmula de éxito. Así,
se ha tratado de desterrar del léxico mundial términos
como “trabajadores”, “fábricas”
y “sindicatos”, mientras proliferan empleos inseguros
y mal pagados (mojobs)
Al caer las máscaras de las supermarcas quedan al
descubierto, ocultas tras su brillante y artificial fachada,
grietas y fisuras a través de las cuales es posible
percibir un mundo de desigualdad económica creciente
donde, bajo los efectos alienantes de su capital simbólico,
resulta cada vez más difícil criticar los intereses
económicos y políticos de las transnacionales,
cuyo poder -gracias al juego combinado de los organismos financieros
internacionales (FMI, OMC), la manipulación o complicidad
de los “organismos reguladores” (OSINERG, DIGESA)
y las políticas económicas locales- es hoy incluso
mayor que el de los gobiernos, convirtiendo a sus Presidentes
en títeres de gerentes que, a diferencia suya (y pese
a no haber sido elegidos por nadie), no tienen que rendir
cuentas de sus actos prepotentes más que a sus accionistas
para, de esta manera, seguir enriqueciéndose impunemente
a costa nuestra.
David Lubars, del grupo OMNICOM, ha dicho:”Los
consumidores son como cucarachas: uno los rocía y rocía
(de publicidad) y, después de un tiempo, están
inmunizados”. Si queremos dejar de ser simples
“cucarachas” experimentales de grandes supermarcas,
debemos considerar maneras de convertirnos en el pesticida
que acabe con su parasitaria y tiránica condición
de plaga, recuperando nuestra condición humana en un
mundo más libre y saludable.