| 2.-¿Quiénes tienen sed de
sangre ? Si en un punto coincidieron todos lo politicastros
del Congreso y fuera suyo fue en la “necesidad” de reprimir
al pueblo de Ilave o, cuando menos, de buscar y castigar a los “responsables”
y “culpables” de hechos considerados por todos ellos
como condenables para así lavar la afrenta hecha a su infame
“estado de derecho”y restablecer el maldito “principio
de autoridad”. Entre éstos chacales sedientos
de sangre destacaron Antero Flores Araoz (UN) – con su “Toleramos
errores en la acción, no en la omisión ”
(es decir, “preferimos una masacre de campesinos a que las
autoridades se evidencien como indeseables e innecesarias”,
aún habiendo sido elegidas por obligación) - ; la
geisha “Pepe” Barba Caballero (UN), otrora cómplice
de los genocidios fujimoristas- quién, aunque admitía
que intentar reprimir a “12.000 campesinos embrutecidos
por la coca y el alcohol ”(sic) hubiera producido una
masacre, tachó de “concesivo” y “débil”
al gobierno , seguro de que “sin orden y respeto a la
autoridad no hay civilización” (sic) y que “cuando
las turbas imponen su voluntad (en su democracia solo pueden
hacerlo canallas como él y Rafael Rey) estamos entrando
en el negro mundo de la anarquía , lo peor que nos puede
pasar”-, el asqueroso Gustavo Pacheco (FIM/PP)- quien
, habiéndose negado acompañar al prefecto de Puno
a Ilave (“esa no es mi función . . .”),
tuvo la concha de culparlo de lo sucedido y exigir su destitución
por no haber puesto “mano dura” (= bala) desde el comienzo
para evitar “el caos , la anarquía, el desorden”,
no teniendo empacho en abrazarse con el aprista Mulder para votar
la destitución de Rospigliosi por “débil”
(2) -; la bufalada en pleno
y Alan García, quien, al borde del desmayo (“¡Ya
estamos en la anarquía!”), no dudó en culpar
de todo a Toledo y solicitar (a través de su títere
Jorge del Castillo) la declaratoria del “Estado de emergencia”
a la vez que – cual Judas moderno – manifestaba “apoyar”
(¿?) a los lugareños; Antauro Humala, quien luego
de haber reprimido campesinos bajo el seudónimo de “Corpus”
durante la guerra interna – y habiendo inicialmente responsabilizado
del “problema” a la “ausencia del Estado”
en la zona al mismo tiempo que lamentaba la inacción de los
soldados del batallón 59 (“debieron de haber actuado
sin esperar ordenes ”) - , buscó vestir de glorias
ajenas su panetón ideológico y presentar los sucesos
de Ilave como un “pachacuti” etnocacerista;
finalmente Fabiola Morales, Jacques Rodrich e incluso los payasos
Valdéz, Mufarech y la misma Paulina Arpasi, todos los cuales
votaron la salida de Rospigliosi ( luego rehabilitado como “prudente”
por la comisión investigadora ad hoc formada en
el Congreso).
Advertidos estamos, pues , del buen corazón de
aquellos a quienes se enfrenta el pueblo en su lucha justiciera
: a cuidarse de tratarlos como no se lo merecen
3.- “¡Dirigentes somos todos!”
Una vez calmadas las aguas y desmovilizado el levantamiento por
las propias necesidades de la vida económica y social, el
Estado – aprovechándose de la dispersión acentuada
por el comprensible temor a las represalias del terrorismo judicial
– hizo apresar cobardemente a los dirigentes comunales por
las tropas del oficial PN Tejada (a) “¡Sácame
a los dirigentes!” con ayuda de las imágenes captadas
por un video-aficionado y sin las cuales se hubiese encontrado una
y otra vez con la respuesta “¡DIRIGENTES SOMOS TODOS!”,
salvo testimonio de los agredidos. Otro tanto había pasado
cuando, recién llegados a Ilave y ante el compacto silencio
de los pobladores, las autoridades gubernamentales no supieron con
cuales de los 12,000 ”culpables” parlamentar
para iniciar el proceso de individualización de “responsabilidades“.
Hay aquí una doble lección a extraer: mantener ante
las autoridades la obstinación del silencio, en primer lugar,
y – en previsión del contragolpe legal – prolongar
y extender el levantamiento tanto como sea posible para así
retardar y entorpecer la venganza de la estúpida judicialería,
incapaz de entender los desbordes del pueblo en otros términos
que los de “culpa / castigo”
4.- El fuego en la pradera (¡Uno, dos, mil Ilaves!)
Tras el linchamiento del alcalde de Ilave se produjo un “efecto
Ilave” de sucesivos levantamientos comunales con vocación
revocatoria dirigidos contra alcaldes distritales prepotentes o
corruptos cuyas consecuencias y ecos se extienden aún hasta
el presente. Así sucedió por ejemplo, con Estuardo
Díaz Delgado , alcalde del Santa que -pese a estar suspendido
en funciones por JNE – debió ser sacado a rastras del
municipio por el pueblo chimbotano; con los cinco regidores tomados
de rehenes en San Pedro de Moho (Tilani , Puno) por una población
que, exigiendo la vacancia del alcalde por malversación de
fondos, no dudó en enfrentarse a la policía ; con
el alcalde Ayaviri (ex PUM y luego fujimorista), echado por malos
manejos de recursos públicos y nepotismo, y, más recientemente,
en Cotabambas y Jicamarca (aunque en estos casos contra la amenaza
al medioambiente representa la concesión de sus tierras a
una empresa minera y contra un grupete de ladrones finalmente rescatados-bajo
una lluvia de piedras- por la policía ), etc. En todos éstos
y otros muchos casos registrados incluso en lugares tan lejanos
de los acontecimientos “chispa” como Trompeteros, Iquitos
o en Bolivia, las autoridades cuestionadas debieron de aceptar ser
“renunciados” , huir disfrazados de policías
o pedir garantías para su vida en Lima, temerosas de acabar
linchados como los vulgares delincuentes que en más en de
un caso eran (otro de los efectos del “acontecimiento Ilave”).La
indignación moral del pueblo, en lo sucesivo, debiera orientarse
también contra otras esferas más altas del gobierno:
presidentes regionales (¡habla , Miguel Ángel Mufarech
de la Región Lima!), congresistas, ministros, el mismo Presidente,
todos tienen “rabo de paja” y el pueblo debe pensar
maneras de revocarlos definitivamente a expensas de las “multitudes
portátiles” o la matonería bufalesca que se
pudiera atrever a lanzar en contra suya. En la medida que los acontecimientos
se extiendan (un buen ejemplo de moral y heroísmo siempre
resulta motivador), aun partiendo de reivindicaciones tan simples
como el rechazo al pago del impuesto predial o del DNI, el éxito
de la revuelta estará garantizado.Las tímidas denuncias
son siempre insuficientes, así se pasen por TV: ya ven la
“reacción termidoriana” de la derecha peruana
a la caída de su pelele Fujimori. . .

DEMASIADAS VECES EL TERROR NACE DEL PREJUICIO
Y NO DE LA VIRTUD |
5.- ¿“Precipitación a la anarquía”?
Independientemente de los mezquinos intereses partidarios en juego
(Robles era de Patria Roja, Sandoval era de Puka Llacta)
y de los intentos de manipulación política (amenazas
de multa,“apoyos desinteresados”,etc) y económica
(los ganaderos locales deseaban ser incorporados al mercado nacional
con precios mas altos para la lana), los acontecimientos de Ilave
poseen una connotación fundamentalmente anárquica:
se generaron como una respuesta contra el poder
y su impune ejercicio. Contra la afirmación de la social
democracia en IDL según la que “no se puede tomar la
justicia en las propias manos”(3),
Ilave demostró que si se podía y se debía de
hacerlo y no solo por falencias ajenas (incompetencia del JNE, ausencia
de la policía, etc.), sino por principio y respeto a uno
mismo, así sea pasando sobre el “principio de autoridad”
y el armatoste formal “democrático” (no confundir
esto con el lumpenesco pragmatismo fujimorista, de muy
distintos propósitos).
La clase política peruana, presta a llamar “bárbara”
a la indiada que en afán justiciero mata a uno,
pero silente cómplice de las genocidas FF.AA. peruanas y
de los “civilizados” bombardeos yanquis que en Ayacucho
y Faluya sembraron de miles de cadáveres las calles y los
campos, no es capaz de soportar la idea de que el pueblo no los
necesite y, siendo conciente ello, cese de invocar su “representación”.
Tras años de trabajar por arruinarlo moral y materialmente,
teme que el pueblo –despreocupándose de ser “peruano”
o “boliviano”– haga justicia por sus propias manos
con quienes lo engañan y estafan, pues lee en estos actos
de justicia la promesa de su propio e inevitable final. Y otro tanto
podemos decir de los jueces y de todos aquellos personajillos que
componen el Estado peruano.
Pero, en realidad, hechos como los de Ilave no son para los oprimidos
tanto “consecuencia nefasta” de algo como posibilidad
de solución y concreción efectiva de una
justicia popular que, en su practica misma (y gracias a
la elevación intelectual y moral de la conciencia publica
que la socialización de la producción y la completa
desaparición de la corrupta influencia gubernamental harán
posible), deberá de superar y subsanar lo que de innecesariamente
drástico e impreciso pudiera haber en ella, aprendiendo a
distinguir los matices y a educar la prudencia en el otorgamiento
de las sanciones que la precariedad de sus condiciones de existencia
y el prejuicio hoy en día dificultan, especialmente en las
ciudades (4).
Con todo y ello, la decisión última de lo por hacer
no debería de retornar nunca a manos de cretinos del pestilente
Poder Judicial, deformarnos desde jóvenes por el aprendizaje
universitario de cómo defender lo indefendible y ganar casos
con los solos recursos de la retórica y el soborno. Otro
tanto respecto de las delegaturas: frente a una “democracia”
representativa capitalista gracias a la que cualquier aventurero
y charlatán lo suficiente ambicioso puede ser elegido por
la accidental suma de “individuos” atomizados
y agrupados en clases enfrentadas para defender impunemente los
intereses de tal o cual sector de la burguesía, Ilave levantó
–al menos por un momento- el comunitarismo aymara
de quienes, siendo participes de la misma actividad económica
y conociéndose, comparten intereses comunes y asumen responsablemente
los encargos específicos (poder) de los que se los hace depositarios
sin sucumbir a la lógica del “coge lo que puedas
y sálvate” que la miseria moral resultante de
la barbarie capitalista convierte en lugar común; prefiguró
de este modo, cuando menos en algún aspecto y con las depuraciones
del caso, el mundo por que luchamos. Si a todo esto quieren ustedes
llamarlo “anarquía”, pues perfecto: recogemos
el guante y respondemos preferirla mil veces a su estúpido
orden “civilizado”.
¡Kausachum Ilave!
¡Dar contenido a la ira y tomar la justicia en nuestras propias
manos: esa es nuestra anarquía!
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